La segunda cosa interesante...

 

  Me merezco una buena colleja por tratar de analizar una serie a la inversa.

  Suena un poco contraproducente hablar de lo profundísima que es y de todos los dobles sentidos que pueda tener sin comentar siquiera cuán bueno es su estrato más superior. La gente debe referirse a cosas como esta cuando hablan de “empezar la casa por el tejado”.

  Tomando como base lo que escribí en la primera parte de este análisis fragmentado sobre Kill la Kill, podría parecer que el “subtexto” de una obra es increíblemente más importante que su capa visible (si no sabéis de qué estoy hablando, corred a leer la primera parte, insensatos), idea que, si bien no es exactamente falsa, conviene matizar.

   El “texto” te introduce al “subtexto”: el primero hace de puerta de entrada a un nivel más rico de lo que sea que estés viendo. Si lo que percibes inmediatamente no te atrae precisamente, dudo mucho que te pongas a meditar sesudamente sobre sus significados.

  Algo parecido me pasó con Re: Zero: su presentación no logró conectar conmigo de la forma en la que lo hizo con otros, que terminaron sacando segundas lecturas más que interesantes.

 No habría llegado a esas capas tan retorcidas de Kill la Kill si no hubiera sido ya llamativa de por sí, sin meterse en fregaos sobre simbolismo y metáforas.

 Así que ahora me toca explicar por qué Kill la Kill me instó tanto a seguirle el rollo…

  Definitivamente, me merezco una colleja.

  Si aún no habéis olido desde esta distancia los spoilers como catedrales y tenéis intención de llegar vírgenes a Kill la Kill, os advierto: daos la vuelta.

  Volviendo al tema que nos ocupa: ¿como es esta serie y qué tiene de bueno?

Pues…

¿De verdad hace falta que lo explique?

Nunca diría que esta serie “no es lo que parece” si me preguntasen acerca de sus desnudos desvergonzados o de su escandaloso fanservice, sino más bien “es más de lo que parece”. Es cierto, hay planos en los que es inútil buscar cualquier significado simbólico para tratar de justificarlos, y ropas diseñadas por algún genio de la moda que no parece tener la discreción entre sus prioridades.

 Su trama sigue, a priori, unas pautas clásicas y nada inventivas pero, como en casi todas las obras modernas que merecen la pena, la diferencia la marcan las formas.

  Kill la Kill es desquiciada hasta el extremo.

  No solo es que su humor esté basado enteramente en su agitadísimo ritmo y animación, que la mayoría de sus situaciones sean absurdamente exageradas, o que sus personajes tengan un carácter tan fuerte que por momentos parece que les falta un tornillo: la tendencia de esta serie a irse hacia los límites lo permea todo. Vestido y desnudo. Blanco y negro. Su naturaleza dual se percibe en casi todos sus aspectos.

  Por suerte, las idas de olla y los excesos de Kill la Kill responden a una lógica de diseño, y el tratamiento de temas incómodos (en especial, de la desnudez y el sexo) se llevan con mano maestra.

  Satsuki, la principal antagonista, le reprocha a su oponente que siga atada a las reglas de decencia de la sociedad, en lugar de desembarazarse de su vergüenza y abrazar todo el poder que le confiere su ridículo traje. La fuerza de los integrantes de la Academia Honnouji viene medida por su ropa y, por ello, cuando esta les traiciona, se ven obligados a luchar desnudos, explotando sus verdaderas fortalezas. La misma Satsuki realiza un ataque asesino y redentor sobre su madre, que resulta catártico tras presenciar una incomodísima escena donde esta le obliga a mantener una relación incestuosa con ella. Cuando Ryuko viste a Junketsu y pierde el norte por completo, estampa un salvaje beso en la boca de su hermanastra, como queriendo saciar un impulso básico y primitivo de la bestia en la que se ha convertido. El final, en el que todo el mundo acaba literalmente en pelotas, resulta poético tras tanta locura relacionada con ropa.

  La desnudez llega a normalizar su presencia, y pasa a ser un añadido subido de tono al tema central de la historia. No es una serie en la que aparezcan desnudos: es una serie que trata sobre los desnudos, aunque sea de forma metafórica. Y es gracias a su comportamiento estrafalario que podemos aceptar el hecho de que toque temas espinosos como los que toca, con seriedad y madurez.

Bueno. A veces. Otras veces no.


Depende. No mucha. No sé, ¿de verdad a alguien le importa?

Venga, que solo queda uno.

 

 

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