¡No os vayais, que falta uno!

 Y aún así, siento que me falta espacio, y hay tanto de Kill la Kill que se podría merecer ese espacio…

 Podría ser su particular animación, que disfruta con tenerlo todo en movimiento constantemente.

 O podría ser un análisis visual episodio a episodio, fijándonos en cómo usa la escala de los personajes de forma creativa para expresar su estado de ánimo.

  Su banda sonora, que mezcla electrónica y orquestal con un resultado con mucha personalidad, también pide su hueco.

  O una comparación temática con Tengen Toppa Gurren Lagann, serie con la que es comparada repetidamente por el fandom. 

  Esas cosas ya las han hecho otros, y mejor de lo que yo sería capaz. Así que voy a tirar por una vía más personal, y a hacer lo que mejor se me da:

Quejarme.

  Lo que voy a exponer aquí sobre Kill la Kill responde más a una cuestión de percepción propia que a un fallo real, así que no se tratará de un ejercicio de crítica con todas las de la ley. Podéis tratar esto como un artículo de opinión.

  De nuevo, spoilers a mansalva. Que conste que os aviso.

  Como supongo que habrá quedado patente en los dos artículos anteriores, Kill la Kill está plagada de personajes carismáticos y memorables, que se han ganado un rinconcito en mi kokoro gracias a su estupendo diseño y escritura.

 Hay uno en concreto, que resulta particularmente interesante por lo que representa.

Os quiero presentar a alguien…

Satsuki Kiryuin no es el personaje más guay, que digamos. Es recta, de noble cuna e inflexible. Rige con mano de hierro una academia militar, basada puramente en el poder y la fuerza. Acaba con todos aquellos que rechazan su sistema, como haría cualquier tirano, y presenta un rechazo profundo hacia los moradores de la clase más baja, que se dejan llevar por sus impulsos menos loables.

 Todos los ingredientes para convertirse en una capulla integral. A fin de cuentas, es la mala de esta historia.

 Sobre el papel suena a antagonista de manual, con la simple diferencia de que ella persigue un objetivo más allá de su culminación como ser malvado: combatir la amenaza que supone para el mundo Revocs, la multinacional que regenta su madre.

 Satsuki es lo que ocurre cuando pones a un héroe clásico en el poder: inquebrantable con sus ideales, implacable con sus enemigos. El desprecio que siente hacia el abandono moral de los estamentos mas humildes de la sociedad (abandono que queda patente durante la serie) responde a su naturaleza estoica: valora la virtud por encima de todo, cosa que se nos cuenta en una sucesión de flashbacks, en la que nos enteramos también del origen de la lealtad que le profesan sus súbditos.

Satsuki quiere el bien y la justicia tanto como Ryuko, pero son sus métodos (cuestionados por ella misma más adelante) lo que las enfrenta. La primera impone la paz al estilo del Imperio Romano: por la fuerza. La segunda, trae la libertad al estilo de Atila: arrasando con todo.

  La despótica y alienante filosofía de Satsuki es tan reprobable como el anarquismo individualista de Ryuko, y ambas caen en la breva de “el fin justifica los medios”. Es más: el barómetro con el que se miden la una a la otra es su fuerza bruta. Ninguna de ellas es la buena porque ella tenga razón, y la otra no: una de ellas es la buena porque nos ha tocado verlo todo desde su punto de vista.

  Por eso me sentí ligeramente decepcionado cuando Ragyo, su madre, le arrebata el cetro de principal antagonista a su hija, y se revela que tanto Satsuki como Ryuko estaban en el mismo bando. El tropo de “la redención del enemigo”, todo sea dicho, me resulta interesante de ver, sobre todo el cómo y el por qué del cambio de orientación ideológica de un personaje.

  Con lo que si tengo cierto problema es con la concepción de Ragyo como antagonista total. Para ella no hay justificación posible: es un ser perverso, cuya aparición es un requisito indispensable para el final feliz.

  A pesar de que Kill la Kill maneje a Ragyo tan bien como lo hace con el resto, me resulta mucho más plana y predecible que su hija. Sabemos cómo va a ser el resultado de la batalla final casi con toda seguridad, algo que no pasaría si fueran seres tan caóticos y llenos de imperfecciones, como lo son Ryuko y Satsuki, los que combatieran.

 Porque, ¿podemos decir que ha ganado el “bien” cuando ninguna de las partes realmente lo representa?¿Cuando el único error del oponente es el de no estar en el mismo bando que el de personaje principal?

  Las batallas entre fines enfrentados resultan, de lejos, mucho más emocionantes que las confrontaciones entre personajes claramente pensados para derrotarse el uno al otro. No solo porque el vencedor no está ya tan claro, sino porque, en caso de victoria por parte del protagonista, su abanderamiento como fuerza benéfica queda en entredicho, al resultar dudosos sus valores éticos.

En el momento en el que vemos que Ragyo no tiene más motivación que la de arrasar con todo, es cuando sabemos que va a perder. Puede que no sea fácil, pero ocurrirá: la razón no está de su lado.

  Con Satsuki… no estaba tan seguro.

 

  ¡PERO DEJA DE ARRUINAR MIS ARGUMENTOS CUANDO TRATO DE DEFENDERTE, DESGRACIADA!

 

 

Esta semana

    Síguenos en Facebook