Bakemononono… Lo siento, tartamudeé

 

Análisis libre de spoilers. Consúmase con moderación.

Es posible que te encuentres con ciertos obstáculos si tratas de comenzar la saga Monogatari.

El primero es que, probablemente, no sepas por donde empezar.

El segundo, que tras realizar la pertinente búsqueda en Internet o consultar con tu amigo “el que se lo ha visto absolutamente todo”, y haber encontrado el nombre de su primera parte, tal vez te cueste acordarte de como se escribía.

Si has tenido suerte y has conseguido llegar al primer capítulo de Bakemonogatari, te toparás con el tercer problema.

Bakemonogatari es rara de pelotas.

Cuando me la recomendaron asegurándome que era uno de esos animes extraños de los que a mi me iban, procedía a revisar mi lista de “Cosas que un anime haría bien en tener para ganarse un hueco en mi corazón”. El adjetivo Pedante iba en cabeza. Lento como el caballo del malo iba detrás.

No queráis saber el resto de la lista.

 

El caso es que, tan feliz iba yo, con mis inocentes esperanzas de toparme con una serie que: A) Pudiera destrozar vilmente por haber defraudado mis expectativas o B) Pudiera proclamar lo bien que le sienta ese ritmo lento y pausado mientras la visiono a través de mi monóculo y fumo en mi pipa, que no pudo resultar más doloroso cuando Bakemonogatari se levantó, cruzó la corta distancia que separaba la pantalla de la silla donde yo me sentaba, me dio con la mano abierta y me aseguró que ni hablar, que ella iba a hacer lo que le diera la gana.

 

 

Esta es la historia de Araragi, un badanas de instituto que mantiene una curiosa relación de amistad con un vagabundo que vive en una escuela abandonada, y se dedica a exorcizar los espíritus que acosan a las conocidas del chaval.

 

La trama de Bakemonogatari no podía ser mas sencilla. Cada dos o tres episodios se presenta a una nueva joven, aquejada por alguno de los espíritus citados antes. Dichos entes, identificados con una forma animal conocidos como “excentricidades”, están ligados al estado anímico y contexto emocional de la víctima. Siendo el trozo de pan que es, a Araragi le toca echar un cable a todas y cada una de las mujeres con las que se va topando. A pesar de su división tan episódica, se siente como un todo: nunca se olvidan personajes (que no son tampoco muchos, pero están bien llevados) ni sucesos de anteriores capítulos, y las consecuencias de cada acto repercuten, de alguna manera, en momentos posteriores.

¡Y eso es todo! Los giros argumentales se cuentan con los dedos de una mano, no hay mas personajes que estos, y ninguna de las situaciones se va más allá del circulo personal del protagonista.

 

Bakemonogatari compensa su a priori simple trama de dos maneras: estando fantásticamente escrita, y siendo fantásticamente rara a nivel visual.

 

Parte de la culpa del primer aspecto la tiene el autor de las novelas ligeras en las que se basa la serie, Nisio Isin, que maneja los juegos de palabras y a dialéctica con pericia. La serie se apoya fundamentalmente en los diálogos, que Isin retuerce hasta el infinito haciendo que incluso la conversación más chorras (de las que Bakemonogatari va sobrado) parezca una verdadera batalla de gallos. Es cierto, no queda demasiado creíble que dos adolescentes improvisen frases de semejante categoría en una charla casual en el parque, y aquí es cuando llega Akiyuki Shinbo, director de la adaptación animada, a retorcerlo aún más.

 

Shinbo es un director con unas manías muy marcadas. A lo largo de su carrera (que incluye cosas como The Soultaker, Starship Girl Yamamoto Yohko, y unas cuantas OVA’s pornográficas no aptas para almas sensibles) se van observando cierta predilección por los primeros planos de ojos, cruces, cadenas, y gamas monocromáticas. Dicha predilección explota casi literalmente en Bakemonogatari (donde el director no se corta un pelo) y nos ofrece un panorama de colores y secuencias extrañísimo, si bien consistente e increíblemente entretenida de ver.

 

En resumen, rara de pelotas.

 

Entre la aguda escritura y la rareza visual, Bakemonogatari adquiere un ritmo demencial: los planos apenas duran en pantalla unos segundos, siguiendo el pulso de los diálogos y ayudándose, en muchas ocasiones, por texto escrito y recortes de imágenes reales, llegando incluso a cambiar su estilo de dibujo para adaptarse al estado emocional del momento. Por otra parte, y muy de vez en cuando, nos regala escenas de acción animadas al milímetro, que contrastan con el resto de secuencias.

Semejante caldo de cultivo parece ideal para causar confusión en el espectador, pero el bueno del guionista ha sido clemente con nuestro cerebro esta vez. Bakemonogatari no está libre de rollo simbólico, pero no va a lo profundo: toda la empanada mental en la que se nos sumerge está ahí para reforzar el momento, contándonos lo que ya vemos, pero por otro canal. No es algo que haga referencia a un todo mucho mayor que requiera de deducción e investigación para poder enterarte de que va la vaina (como ocurre en Dark Souls), sino que enriquece la superficie con más información sobre sus personajes ya sea mediante la paleta de colores, texto en pantalla, en incluso elementos del escenario.

 

Poniendo un ejemplo claro: Araragi se pelea con una niña pequeña en una parada de autobús, y su compañera de clase le viene a recriminar que se meta con críos. Dado que Araragi insiste en asegurar que no empezó él, su compañera duda durante un segundo. Y durante ese instante de duda, se puede apreciar que en la parada del autobús está escrito, alternativa y repetidamente, “Guilty” y “Not Guilty” (“Culpable” y “No Culpable”). Ese texto no pinta absolutamente nada en una parada de autobús, pero está ahí para hacer énfasis en ese momento de duda.

 

Las rarezas no terminan ahí. Hay algunos encuadres de cámara rebuscadísimos, y ocasionales momentos gore que le ponen la punta al caos estético que es Bakemonogatari. Si se le puede colocar la coletilla “de autor” a un anime, sería este.

 

Y se agradece que algo así de rompedor exista. La industria del anime (y no solo la del anime) tiende a ser cada vez más genérica, y que algo consiga desmarcarse del conjunto sin perder un ápice de calidad, no deja de ser una buena noticia.

La lástima es que este tipo de obras tenga tan poco tirón mediat...

Oh. Creo que voy a estar entretenido durante un buen rato.

 

 

-Tío, ¿sabes el último artículo que mandaste?

-Si. ¿Ocurre algo?

-Tiene un fallo.

-¿El qué?

-No es sobre Kill la Kill.

 

-Estoy perdiendo facultades.

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