Supongo que no soy el único que tiembla cuando anuncian el salto de un libro, un cómic o un videojuego, al cine. Hacer adaptaciones es peliagudo, y no es de extrañar que la idea por defecto que tenemos de ellas es que salgan mal.

 Aunque el principal punto negro que la audiencia le suele encontrar a una adaptación es el consabido “esto no pasa en -inserte material de referencia-”, por suerte o por desgracia, el ser o no una buena adaptación no depende únicamente de lo fiel que se sea a la obra original.

 Antes de entrar a trapo en qué es una buena adaptación y qué no, considero oportuno hacer una aclaración: el ser una “buena adaptación” es independiente de ser una “buena obra”. El título de “buena obra” viene dado por los méritos propios que se le reconocen a dicha obra basándose, única y exclusivamente, en los parámetros de su soporte artístico y, en caso de que hablemos de una adaptación, su percepción y análisis no debería verse influenciada por su trabajo adaptando el material original. Si bien es cierto que la calidad de la fuente puede condicionar la de su adaptación como obra per se, no tiene relación alguna con lo bien que haya conseguido adaptar el original.

 Otra cosa que me gustaría aclarar: un buena fuente no compensa una mala adaptación. Esto es, no se puede justificar ninguna de sus fallas por el mero hecho de que en el original esas faltas sí estén cubiertas. Ambas son piezas artísticas independientes, y si la adaptación no funciona por sí sola, no funciona.

 Dicho esto, al lío.

 El fallo mas obvio en algo que basa su existencia en “ser lo mismo pero en otra parte” es asumir que una obra es, básicamente, un guión. Mantener la premisa y los puntos clave del original es lo más importante (si no los mantuviésemos, estaríamos hablando de una “versión”, igual de interesante de comentar, pero no lo que nos atañe ahora), pero no lo único que importa.

 Aparte del guión en sí, existen otros factores que alteran el producto: mensaje, ritmo, estilo. Todos ellos se pueden relacionar rápidamente con la pregunta “¿Que es esta obra?”. No ya al nivel “¿De qué va?”, sino de “¿Qué pretendía el autor crear?”.

 Aún conservando íntegro el guión, una adaptación puede convertirse en algo completamente distinto al original si no prestamos atención. El paso de El Hobbit a la gran pantalla nunca estará a la altura del de El Señor de los Anillos, en términos de fidelidad a su fuente, debido a que la idea detrás de sus respectivos libros se han tratado de distintas maneras.

 El Señor de los Anillos es una epopeya épica, en la que se libran grandiosas batallas donde se decide el destino de la Tierra Media. Se habla de demonios, reyes, ejércitos y grandes fortalezas, y no solo se habla, sino que forman parte indispensable del conjunto, y la trilogía de películas orbita alrededor de estos mismos temas.

 El Hobbit, por su parte, nació como un cuento infantil para los hijos de Tolkien, narrando las aventuras de un desdichado Bilbo que se ve arrastrado a una loca aventura en pos del tesoro de un dragón. La escala es mucho menor, y las guerras y grandes acontecimientos quedan relegados al trasfondo.

 No ocurre lo mismo con su adaptación al cine, que Peter Jackson trata de pasar por el aro de El Señor de los Anillos. Por poner un ejemplo, en la Batalla de los Cinco Ejércitos del libro, Bilbo permanece inconsciente, y se comenta como una anécdota. En la película... la película ES la propia batalla. Al incorporar a El Hobbit toda la fanfarria y la grandeza de El Señor de los Anillos, se pierde por completo el tono de la historia, dando lugar a una adaptación bastante por debajo de la trilogía anterior.

 La distorsión del mensaje y el tono no es el único problema que surge durante la creación de una adaptación: a medios diferentes, recursos estilísticos diferentes. Suena obvio, y obvio es, pero eso no evita que sea un marrón de narices.

 Fijémonos en la trilogía de Los Juegos del Hambre, más concretamente en Sinsajo: Parte Uno. El guión está trasladado casi a la perfección desde el libro. El principal foco de atención temática de ambas obras, la escrita y la audiovisual, son (con alguna salvedad en esta última) los traumas psicológicos que su protagonista padece por culpa de la guerra. El mensaje, mas o menos, se mantiene: el problema es cómo se plasma.

 Un libro son puramente palabras. Cualquier cosa que ocurra, hace falta explicarla, y la exposición constante en Sinsajo (el libro) acompaña perfectamente el monógolo interior de Katniss, mostrándonos ángulos variados de su psicología. Los momentos de acción e impacto siguen teniendo importancia, pero se usan como base para explorar su estado mental en situaciones límite.

 En una película, tenemos un abanico de maneras de comunicar cosas mucho más amplio: no solo disponemos de palabras, sino de imágenes, sonido, encuadres, montaje... Y ya que la narración en primera persona y tiempo presente (principal baza del libro, a mi parecer) es literalmente imposible de transmitir con meras palabras, tenemos que usar todas estas herramientas que el cine nos pone a mano para conservar ese flujo de pensamientos constantes de la protagonista.

 El éxito de Sinsajo (la película) en ese aspecto es limitado. Irónicamente, la lucha interna de Katniss con sus fantasmas solo se aprecia en un par de escenas pensadas para ello, mediante exposición hablada. El mundo exterior a ella, que antes hacía la función de base para sus comeduras de tarro, ahora es el principal foco de atención. Y esa sucesión de acontecimientos, lo que llamaríamos “guión”, no estaba pensada para ser el centro de la obra. ¿Resultado? El ritmo de la película se resiente, al ir clavando todos y cada uno de los momentos de ese guión que no debería ser otra cosa que un punto de partida para la tormenta interna de Katniss, revelando una sucesión de diálogos excesivamente prolongada, que se trata de parchear de forma torpe con (un par de) bombásticas escenas de acción y un romance adolescente.

 Sinsajo da la talla como producto, estando bastante por encima de lo que podríamos considerar “mediocre”. De lo único que no ha sido capaz es de dar ese paso, tener ese detalle, que la hubiera convertido en una adaptación exquisita y una obra magnífica. No podemos culpar a nadie de no ser un genio. 

 Voy a irme a terreno conocido ahora para contemplar este mismo problema desde otro ángulo y, esta vez, resuelto.

 Akira, de Katsuhiro Otomo, es uno de los referentes clásicos del manganime, tanto en su versión de papel como de celuloide. Si tienes el (muy recomendado) detalle de leerte una y verte la otra, notarás, con posible y comprensible consternación que, a nivel de trama, tiene tanto que ver la una con la otra como el tocino con la velocidad. Si, la premisa sigue siendo la misma, pero cuando avanzamos en la película nos encontramos con personajes que pasan de ser clave a anecdóticos respecto al manga, sucesos que ni se mencionan, otros que aparecen casi espontáneamente...

 ¡Y a pesar de ello, ambas son consideradas indispensables para sus respectivos medios! ¿Que ocurre aquí?

 Algo de contexto: en el momento de lanzamiento de la película, al manga le quedaban lo que finalmente serían dos años de publicación. Otomo, que ya se había ganado el estatus de maestro tras seis años dibujando Akira, se pone al cargo de director en su adaptación animada con la nada fácil tarea de crear un epílogo adecuado.

 De ahí la disonancia entre un final y otro.

 ¿Qué es Akira? Akira es una titánica obra de más de 2000 páginas, situada en un Tokio futurista y decadente, que explora los aspectos filosóficos del poder mientras eleva su escala a la enésima potencia.

 La palabra clave es poder. Cada imagen en Akira es poderosa. El personaje más importante se convierte en un dios en la tierra al servicio de otro dios en la tierra, que arrasan y someten a una ciudad entera mientras destruyen ejércitos de un país y otro. No rompe con ningún esquema clásico, sino que agarra uno existente, lo estira y lo convierte en una magnum opus del tamaño de un planeta, con tal genialidad que consigue que no se hunda por su propio peso.

 Pensemos en esta definición con la película en mente y comprobemos que encaja como un guante. Incluso sus números guardan cierto paralelismo con los del cómic, con cifras de inversión, fotogramas y personal disparatadas. Ninguna de las dos Akiras es humilde. Otomo tenía claro qué y cómo era Akira, y supo trasladar con rotundo éxito esa megalomanía al cine, aún dos años antes de que la obra original finalizara.

 No hay una fórmula perfecta, y el resultado se puede ver condicionado por la visión personal del adaptador. En cierto modo, Otomo lo tenía fácil. ¿Quien iba a entender su obra mejor que él? El resto se ven obligados a preguntarle al cómic, libro o con lo que sea que deban trabajar: ¿Qué eres?

 Que luego la escuchen o no depende de ellos.

Esta semana

    Síguenos en Facebook