Contiene gluten. Y spoilers.

Corran los que puedan y que recen los demás, porque hoy voy a hablar de una de esas movidas que, por alguna razón que aún se me escapa, prefieren grabar con una cámara a peña haciendo el paripé antes que usar elegantes dibujos animados.

He ido al cine. Y he visto Wonder Woman.

Los superhéroes no es que sean lo mío, pero el temblor mediático que rodeaba a esta película, que la cataloga como la mejor del universo DC (eso, y los delicioso cuatro pavos del día del espectador) me convenció para darle un tiento.

Huelga decir que como asqueroso cínico que soy, soy incapaz de quedarme tranquilo viendo una película sin juzgarla a cada minuto que pasa.

Los superhéroes. No son lo mío. Son cine promedio, productos de su tiempo, cortados todos de manera similar, listos y preparados para no ofender a nadie (nótese la excepción de las fascinantes escalas de grises de El Caballero Oscuro).

Wonder Woman es un caso curioso. Farda de tener líneas buen guión, buen ritmo y un puñado de personajes carismáticos, pero también de cagadas bastante notorias (cortes extrañísimos, doblaje meh, y ciertos detalles técnicos que solo supondrán un problema para el más quisquilloso), lo que, supongo, la vuelve a dejar a la altura del resto: simplemente correcto.

Y nunca he sentido que merezca la pena hablar de cosas cuya principal virtud es, precisamente, no destacar en nada, ni para bien ni para mal.

Excepto con Wonder Woman.

Esta película llega en un momento crítico para las mujeres en la industria (no solo) audiovisual, donde se oyen, cada vez más y más fuerte, voces alzándose por una mayor integración, participación y reconocimiento femenino (y también, por desgracia, voces reaccionarias).

Wonder Woman no solo ofrece esa representación que muchas anhelaban en el cine de superhéroes, sino que, además, su éxito en taquilla y círculos sociales demuestra a las productoras que existe un público más allá del esteroideo, que una protagonista mujer es económicamente viable, y que más producciones del estilo son posibles.

Wonder Woman no tiene, gracias al cielo, la prepotencia de asignarse a sí misma el galardón de “la película que traerá a las mujeres al cine”, ni se relaciona en ningún momento con el movimiento feminista ni sus ideales, así que realmente no se hasta que punto es culpa de la película o de las expectativas que yo había puesto en ella. El caso es que, pese a sonar precioso sobre el papel, la película en sí hace bastante poco por dejar a sus participantes femeninas en buen lugar.

Vamos a acercarnos un poco y a repasar a sus personajes.

Empecemos por los hombres. ¿Que tenemos por aquí? El espía guapo y carismático, tan sacrificado por su patria; el turco de lengua afilada y ágil, capaz de venderte un paraguas agujereado; al torturado francotirador, con un pasado repleto de sombras, del que descubrimos su lado tierno al oírle cantar; al indio desplazado al que, pese a ser un extranjero de un pueblo ya olvidado, los soldados respetan. Solo lo llaman Jefe.

Jefe por aquí, Jefe por allá. Cuidado con este tío, que es el Jefe.

Ahí está, los cuatro veteranos que, en su último momento, se acercan los unos a los otros y se dicen: juntos hasta la muerte. Se acordarán de nosotros

Pero esto iba de ellas, ¿no? De un grupo de guerreras, aisladas del resto del mundo debido a sus creencias religiosas, que se ven diezmadas cuando un grupo de hombres tecnológicamente superiores las ataca; de una genio maligna que existe a la sombra del todopoderoso general alemán antagonista; y de una secretaria a las órdenes del espía guaperas, que ve su mordaz e ingeniosa lengua relegada a un par de gags cómicos.

Y el caso más sangrante de todos. Diana. La propia Wonder Woman, la que debería ser la mujer más fuerte, más independiente, más poderosa, más dueña de su propio destino que ninguna otra, resulta que, en la práctica, demuestra constantemente no tener dos dedos de frente, que persiste en rebozarse en sus infantiles ideas preconcebidas sobre el bien y el mal, que entra como un elefante en una cacharrería cada vez que se le cruzan los cables, y, lo que mas me irrita, que tiene que estar siendo controlada por los hombres de turno (hombres que ya han dejado bastante clarito que tienen más luces que ella) para que no mande al garete la misión.

Podría argumentarse que parte de la chicha de la película es ver su evolución, como su comportamiento infantil e idealista va madurando conforme avanza la trama.

Y no lo hace mal, con todo y todos sugiriéndole (y, más tarde, gritándole a la cara) que la guerra no es tan sencilla, que no es culpa de una persona y que la batalla no cesará aunque la mate...

 

¿QUE NO, LISA? ¿QUE NO?

..hasta que aparece Ares, este muere a manos de Diana, y la guerra finaliza.

A día de hoy, me sigo maravillando cómo Wonder Woman destroza su desarrollo de personaje para ofrecer una maniquea batalla final y darle la razón a una inmadura y moralista Diana, negando cualquier posible evolución y lección aprendida.

¿Por que? ¿Que sentido tiene? ¿De verdad era necesaria la aparición de Ares? ¿No se podría ofrecer la misma batalla con el general alemán, terminando con una bonita lección de madurez, y redondeando el crecimiento de Diana como persona?

Aún limitándose a ser un producto de ocio sin presunciones, sigue sin quitarse la influencia masculina que los superhéroes traen casi por defecto. Irónicamente, esta película ha sido dirigida por una mujer, Patty Jenkins. Es un paso en la dirección correcta, abriendo un poco más el cine ultracomercial y palomitero a la diversidad de género y a una mejor representación, pero el camino aún no está.

Necesitamos mejores símbolos. Las mujeres merecen más.

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