Una historia de Pulitzer

Decir Maus es pronunciar palabras mayores, no sólo en el pequeño mundo de la historieta, hermana menor, en cuanto a su repercusión, de las demás artes. Es hablar de un documento vital, un testimonio superviviente de uno de las más terribles capítulos de la historia, relatado aquí por el padre de Art Spiegelman, Vladek, histórico superviviente del campo de exterminio de Auschwitz. La idea genial del autor, convirtiendo a sus personajes en visuales iconos básicos, ratones los judíos, gatos los nazis, es el primero de sus aciertos, el más llamativo, aunque quizá ni siquiera el mayor de sus muchos logros.

Palabras mayores, insisto, porque Maus trasciende el género o subgénero narrativo de los avatares y horrores de los campos de concentración nazis, ya que las entrevistas en presente que mantienen Art con Vladek nos sitúan en un contexto de relato cotidiano y ante la difícil convivencia entre un padre y un hijo, una historia de un costumbrismo en absoluto ñoño ni tampoco autocomplaciente, y que añade incontables matices al relato de la memoria de Spiegelman padre, su época prebélica, el recuerdo de los trenes atestados de judíos, el horror de los campos, las muertes sin sentido y todo el horror que es capaz de desplegar la humanidad. También los fogonazos de nobleza del perdedor, del superviviente.

Maus es palabras mayores porque su dibujo esquemático y de tosca apariencia picotea con acierto en la historia del medio, de Krazy Kat al comix de la contracultura, para abrir nuevos campos expresivos que aún tienen consecuencias estéticas en las nuevas generaciones de autores.

Pero sobre todo, es palabras mayores porque cuando cierras su última página la emoción, como un feroz huracán, te inunda, te abre y transforma. Es la consecuencia de sentir una verdadera experiencia (vital, artística, emocional…). Maus, sin duda, lo es. Una obra maestra.

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