De Chester Brown, pero no va por ti.

Qué difícil es abordar la autobiografía, radiografiar la propia adolescencia. La autocomplacencia suele ser la losa de un tipo de relato donde poca cosa, cuatro anécdotas insuficientes para conformar un relato verdaderamente sustancioso, son contadas desde la perspectiva ególatra del yo, mi, me, conmigo.

La primera razón para aplaudir a Chester Brown es la fría capacidad del autor para retratarse desde la distancia, en un tebeo crítico con uno mismo, pero que no quiere (y no lo hace) regodearse en ello, en sus miserias. Brown nos habla en primera persona de un adolescente emocionalmente autocastrado, a quien le es prácticamente imposible demostrar emociones (del amor a la ira, todo está reprimido en él), y lo hace con devastadora frialdad. Nos obliga, en fin, a ser nosotros, con el avanzar en la lectura, los que cubramos ese vacío con nuestras propias emociones, empezando por esa acertada sensación de ahogo, de claustrofobia, que desprende el relato. Pero no hay premio. El libro se cierra y perdura la asfixia, porque en la adolescencia no se encuentran las respuestas, sólo más y más preguntas que impiden encontrar la solución.

En sus aspectos formales, destaca un dibujo que escapa al virtuosismo (salvo en una única imagen… sabrán encontrarla) y que se revela tremebundo en el empleo de los recursos narrativos de la historieta, desde los acertados encuadres que propone cada viñeta para cada escena, hasta la sabia utilización del espacio en blanco, como signo del vacío existencial en Chester Brown, el joven protagonista y el autor tras la obra.

Nunca Me Has Gustado se revela, en fin, uno de los mejores tebeos de la cosecha 2007, es una de las piedras angulares del cómic independiente mundial (fue publicado en 1995) y una lectura que endulza el intelecto con su sabor agrio. Más que recomendable

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