Prometía en el artículo anterior que haría una segunda parte dedicada al mundo de los naipes, del que, evidentemente, nace nuestro juego favorito, el Magic. Y aquí está. Para leerlo aconsejo tener a mano una baraja española (preferiblemente no de los chinos), porque haremos referencia a sus ilustraciones, y así comprobaréis que lo que se dice es cierto.

Los inicios

No queda muy claro el momento en el que aparecieron las cartas en la vieja Europa, aunque las primeras referencias las encontramos en los siglos XIV y XV. Sin embargo, es evidente que para que hubiera naipes tenía que existir primero otra cosa: papel.

El papel actual está fabricado de fibras vegetales, fundamentalmente de celulosa, pero esto no era así en la Edad Media. Aproximadamente desde el siglo XI ya se conocía en algunas zonas de Europa (como Al-Ándalus, por ejemplo) una especie de papel primitivo hecho con seda y con ropas viejas, triturado y prensado. Este papel, con algunos cambios, fue el que perduró hasta el siglo XIX, hasta que el papel actual, con celulosa y productos químicos, lo sustituyó. Lo malo que tiene el papel, y por eso no se conservan barajas medievales (la más antigua es una veneciana de finales del siglo XV) es que se descompone con facilidad. El soporte que se solía usar para recoger documentos importantes en la época era el pergamino, que no se pudría, pero era mucho más costoso; demasiado para las cartas. He aquí una reproducción de unas cartas polacas del siglo XVI.

Hay varios tipos de barajas, aunque todas siguen el patrón de las 13 cartas y los 4 palos; la baraja española, con el paso del tiempo, perdió las cartas 8 y 9 de cada palo. Los tipos de baraja más conocidas son la baraja francesa (la de diamantes, corazones, picas y tréboles) y la española (oros, copas, espadas y bastos), que se mantienen en la actualidad. Entraremos en la simbología de los palos un poco más adelante, pero vamos adelantando que los de una baraja y otra están relacionados entre sí.

En la baraja francesa tenemos el Rey, la Dama y el Valet (sota – sirviente) o, en su nomenclatura inglesa, el King (K), la Queen (Q) y el Jack (J; de ahí el juego Blackjack). Algo menos conocido es que estas cartas representan a personajes reales o literarios: así, el rey de corazones es Carlomagno; el de diamantes, Julio César; el de picas, el rey David (el de Goliath); y el de tréboles, Alejandro Magno. También las reinas y las sotas son personajes de este tipo: Judit, Raquel, Atenea, Lancelot, Héctor, etc. En la baraja española, por su parte, no sólo no hay esa simbología, sino que en vez de la dama nos encontramos con el caballo como figura de valor intermedio.

Las cartas en la Edad Moderna

Durante toda la Edad Moderna, las cartas supusieron una de las principales formas de ocio entre la población, indistintamente de su posición; en la mayoría de los casos, con apuestas por el medio. Gracias a la invención y expansión de la imprenta, los costes de producción bajaron muchísimo, y por ello se multiplicaron. La baraja de cartas de rigor se convirtió en un elemento obligatorio de cualquier taberna que se preciase, y las timbas de tute se convirtieron en tradición a lo largo y ancho de Castilla. Sin embargo, los códigos de caballerosidad no estaban en vigor en la turbulenta Edad Moderna, por lo que las trampas estaban a la orden del día. Por eso, para la baraja española, se diseñó un sistema para intentar reducirlas: las “pintas”. Una pinta es algo malo, una imperfección. Las cartas de la baraja española (y también francesa) representan la sociedad estamental de Antiguo Régimen: oros – rey (es quien acuña); copas – clero (el cáliz sagrado); espadas – nobleza (defienden a los demás); bastos – campesinos. Por ello, los palos tienen una jerarquía en función del estamento al que representen. Por ello, los palos más “impuros” tendrán más pintas. ¿Y qué son las pintas?. Coge de tu baraja española una carta de cada palo y míralas. Si te fijas, la ilustración está encuadrada en un rectángulo que, en función del palo que sea, tendrá, en su parte inferior y superior un número de agujeros, las pintas, de forma que solo con ver la cantidad de ellos se puede identificar el palo en cuestión: 0 en los oros, 1 en las copas, 2 en las espadas y 3 en los bastos.

Así, doblando simplemente la parte superior de la carta, viendo el pequeño número de la esquina y el número de pintas, sabes qué carta tienes, y puedes mantenerla el tiempo necesario boca abajo sobre la mesa. Fue un sistema que se diseñó en el siglo XVI para evitar que los mirones se colocaran detrás y “cantaran” las manos a sus amiguitos. Ahorró mucha sangre en reyertas.

Además de las tabernas, había otra institución donde las barajas de cartas eran fundamentales, y ésta es el ejército. En el volumen de gastos de los ejércitos europeos siempre había una partida para barajas de cartas para la tropa, pagadas por el estado. Era algo muy sencillo: los nuevos reclutas, en muchos casos, eran chavales de entre 16 y 20 años, que iban a un destino incierto muertos de miedo, con una probabilidad altísima de morir en combate. Con cartas, ganas en moral, en darles buenos momentos en ese infierno, y por lo tanto van a ser mucho más efectivos. Cuando estudiaba esto en la carrera, el profesor nos enseñó una diapositiva alucinante al respecto, pero no he conseguido encontrar nada parecido por Internet. Por lo visto, en el contexto de la Guerra de los Siete Años (1756 – 1763), el estado francés no podía enviar a sus soldados en Canadá sus pagas debido al bloqueo marítimo inglés. Por ello, los generales confiscaron todas las barajas de cartas de las tropas y utilizaron las cartas como billetes improvisados, apuntando en ellas una cantidad de dinero, con el que pagaron a la tropa. Sirvió como dinero de verdad, que se podía usar para comprar productos en la colonia, puesto que, una vez llegara el dinero de Francia, se canjearían las cartas por el valor que tuvieran. Curiosamente, las pocas cartas que se conservaron de esta guerra valen ahora mismo mucho más que los francos del momento por su escasez y su curiosidad coleccionista.

La baraja española de hoy

Hoy por hoy, casi todas las barajas de cartas que se pueden comprar en un establecimiento no oriental, o que regalan como publicidad, tienen los mismos dibujos. No es casual. El responsable de esto fue un señor llamado Heraclio Fournier, un impresor burgalés que vivió en Vitoria en la segunda mitad del siglo XIX. Fournier diseñó una baraja nueva, revolucionaria, adaptada a los nuevos tiempos. Lo novedoso no fueron los nuevos dibujos, diseñados por su equipo, que apenas sufrieron cambios a lo largo del tiempo, sino el material del que estaban fabricadas: fibra de marfil. De hecho, el cuatro de copas así lo atestigua: “naipe opaco marfil”, dice su leyenda central.


 
Esta novedosa producción, que resistía mucho mejor los embates del tiempo (en el siglo XIX todavía no existían las fundas de UltraPro) fue presentada a distintos concursos, entre ellos la famosa exposición universal de 1889 de París (donde se inauguró la Torre Eiffel), y se le concedieron distintos galardones. Fournier lo indicó en los oros, con un “varios premios” escrito en todos ellos. La fama da los naipes de Fournier traspasó fronteras, y durante el siglo XX se fue consolidando hasta convertirse en la principal empresa productora de naipes a nivel mundial, como lo es ahora. Por supuesto, ahora los naipes ya no llevan marfil, sino que están fabricadas con distintos materiales sintéticos, y hay barajas de distintas calidades; incluso las hay totalmente de plástico para poder jugar con ellas dentro del agua. El último cambio de diseño que hubo fue hará unos 5 años, en una espada. ¿Alguien la encuentra?

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