Paco Roca ahonda en el espinoso tema de la vejez y el fatídico mal del Alzheimer.

Paco Roca nos a regalado, finalizando 2007, una obra que cala dentro, que te impregna con su discurso afectuoso, cálido pero enormemente duro, y nos hace reflexionar sobre la fragilidad de nuestras vidas y sobre las cosas que verdaderamente importan.

Lo hace dando memoria a los desmemoriados, a los sólos, a los efermos. A los ancianos, en definitiva, que viven los restos confinados en residencias, fraguando allí un mundo y una vida paralela a la nuestra, a la suya propia (proque en esa vejez abandonada, donde prácticamente ya no hay futuro, el pasado no vale y se forja tan sólo un presente inane).

Paco Roca nos lo cuenta con esmerado clasicismo, con narrativa fluida e invisible en la que, empero, los escasos golpes de efecto formales, como por ejemplo un fundido sobrecogedor del que guardamos detalles, avisan de la sabiduría del dibujante. Porque el método y la forma sirven a la historia y nunca al revés. Y aquí la historia acentúa su fuerza en esa sabia falta de subrrayados. Uno, en fin, se sobrecoje sin darse cuenta del cómo o casi del porqué. Sí, por lo contado. Pero también por el cómo nos es contado: su tono de sonrisa (que morirá congelada y en lágrimas, no lo duden), su dibujo que toma la senda de Hergé y la contemporaniza, su color acogedor...

No duden de mi consejo y háganse con Arrugas. Y eso sí, no lo lean si están abatidos, resérvense para otro día.

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