En algún lugar de Londres, un director de cine se muere de cáncer. El gran logro de su vida, su obra maestra, habría sido una película sobre un pueblo europeo en la última hora del año 999 cuyos habitantes están convencidos que con la medianoc

De Neil Gaiman y Dave McKean

Editorial Astiberri.

La vida de un famoso director de cine llega a su fin. Tiene cancer. Es terminal. Muere. Entre vida y no vida, el artista decide plasmar una última película sólo en su cabeza y finalmente en el papel. Bailando en el fin inapelable, su exitencia, la del creador, se agarra a reflexionar sobre el vacío y la memoria, sobre el sentido del ser y dejar de ser, sobre lo útil o futil de la existencia. También sobre la esperanza: la película versará sobre una comunidad que espera el fin del mundo en el día 31 de Diciembre de 999. Y todos sabemos que ese día, por mucho que así se creyera, no terminó el mundo.

En Señal y ruido Neil Gaiman se muestra antes como un escritor fascinado por el medio historieta que como verdadero guionista de cómics. Él crea con palabras, ordena ideas. Vuendo trabaja para el mundo del cómic sabe, además, que debe apoyarse en ilustradores, y cuando estos son de su agrado o admiración, suele notarse. Y cuando el apertado gráfico recae en McKean, vaya si se nota. Mucho.

McKean tiene algo de otro lado del espejo para Gaiman, es su alimento gráfico favorito, además de gran amigo. Se conocen, se conocen como artistas y se alimentan mutuamente para dar obras cuano menos impresionantes. Señal y Ruido lo es, porque lo contado se complementa con la forma, ese pictoricismo extremo, sobrecargado de texturas (algunas verdaderas señales y otras auténticos ruidos),y de efectos infográficos creando dos polos opuestos que confluyen. Porque estamos ante un cómic literario, donde la prosa absorbe con su exactitud. Pero también ante una verdadera salvajada visual, y es imposible no resistir el efecto de la plástica de McKean. Y de la tensión de esos dos polos nace, en medio, un cómic de signos desdibujados, donde la narración muchas veces no es tanto de hechos como de significados y símbolos, donde la narrativa clásica se funde en imágenes abstractas que soportan literatura automática, donde el todo suma partes aparentemente repelentes entre sí. Posiblemente toda esa tensión sea el gran logro de Señal y ruido, logra la desazón y la experiencia trascendente en el lector, más allá de lo que se cuenta (oscuro, hondo, trubador). El cómo, en fin, pesa tanto como el qué, pues lo uno sirve a lo otro en un bucle perfecto. Y al final pensamos que este trabajo queda como uno de los mejores de su autor, y del 2008.

La edición, excelente, suma relatos previos y un epílogo que cierra el círculo.

Una obra difícil, pero mayúscula.

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