Nicolas de Crécy propone un viaje al corazón del proceso creativo. Con su humor tan personal, plantea algunas cuestiones sobre el estatus de la imagen en el mundo moderno, y acerca del rol del artista: su libertad en ocasiones condicional, sus nece

Diario de un fantasma

de Nicolas De Crécy

Diario de un fantasma parte del subgénero autobiográfico pero sin duda es otra cosa. En él Nicolas de Crécy nos relata dos viajes, a Nagoya y Recife, que articulan respectivos capítulos (y cierra un tercero, a modo de breve epílogo). Pero esta premisa le sirve para desfigurar la realidad, convirtiendo el viaje a oriente en la travesía de un proyecto de diseño, una forma insustancial, blanda e imprecisa que nos relata sus impresiones en primera persona (su trato con el representante, sus sensaciones al chocar con el mundo nipón, sobresaturado de imágenes publicitarias y por tanto icónicas como él…) Una salida ligeramente surrealista que prolonga el argumento ya utilizado por el autor en el libro colectivo Japón. Hay en esta primera parte, por ello, cierta sensación de repetición, de alargamiento sobre un recurso ya empleado (si bien brillante, trasladar impresiones personales a un "proyecto de dibujo" autoconsciente).

Sin embargo "Recife" se despega del modelo de "Nagoya" y sube varios escalones. El fantasma-icono vuela de vuelta a Francia, y le toca un compañero de asiento charlatán, que no es otro que el propio De Crécy. Y comienza una charla donde éste relata al dibujo su viaje a Brasil, bajo el encargo de una compañía turística (para, más o menos, dibujar estampas del lugar). Otra vez el imaginativo surrealismo de Nicolas se impone, dando un paso hacia delante: el dibujante hace que su compañero de vuelo, como proyecto de dibujo que es, materialice su discurso y se convierta en el propio cómic. Y el cómic-fantasma relata (en primera persona) no tanto el viaje como la cabeza del viajero, su modo de enfrentarse al encargo, la batalla entre el artista y el concepto artístico. La disquisición sobre el arte y el doloroso proceso que hay en él centra este segundo capítulo donde las formas clásicas de encadenado de viñetas cede ante unas composiciones orgánicas de texto y dibujos que no cuentan sucesos, sino inquietudes, dudas, tensiones creativas.

Definitivamente, en la segunda parte de Diario de un fantasma, la más brillante del libro, De Crécy viene a demostrar que la historieta es más que narrativa secuencial, y puede trasladar conceptos abstractos partiendo de la dualidad texto-imagen. Aquí no pasa apenas nada, salvo en la cabeza del artista, un mar de dudas, de retos creativos plasmados en palabras y dibujos. Y es así como Diario de un fantasma se crece, consiguiendo superar una primera mitad ingeniosa con una segunda notable, ambiciosa, una reflexión profunda sobre el arte y sus mecanismos, tanto en su fondo, lo contado, como en la forma, cómo se nos cuenta

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