En 1917, Jan Van Meer, agente de los servicios secretos aliados y distinguido folklorista, recorre Europa en busca del ingeniero Hellequin, inventor del cañón de sueños y del alambre vegetal, y maestro en la lectura de las ruinas.

LA LECTURA DE LAS RUINAS, de David B. (Norma)

Podríamos comenzar por describir la trama: en la Primera Guerra Mundial, un agente de los servicios secretos aliados debe encontrar al ingeniero Hellequin, desaparecido inventor de poderosas armas codiciado por los alemanes. La búsqueda confrontará a ambos bandos, recorrerá ciudades y trincheras, y nos brindará escenas de acción, luchas mano a mano y aventuras sin par.

Así es La Lectura de las Ruinas, o así sería si lo firmase cualquier otro autor, pero David B. no es ese "cualquier otro", si no uno de los más personales artistas presentes, con una mirada única sobre la realidad que toca y transforma lo que mira. Así, lo que parte del folletín aventurero y la literatura bélica (y de maestros de la Bd gala como Tardí), se convierte en un relato donde antes que el qué importa el cómo es contado. Persiste, cierto, el encanto de lo folletinesco, hay aventura y hasta humor, pero en cierto modo David B descoyunta el esqueleto argumental, desdibuja lo puramente narrativo, y ofrece una mirada paralela a la realidad contada, a través de una estética única que reconduce la realidad hacia paisajes oníricos y expresionistas. En el fondo lo que atrapa al lector es esa fascinación por lo anómalo (Hellequin es inventor de soldados de fécula y cañones de sueños), que tiñe la realidad y la transforma.

Y por encima de todo, B. posee un estilo gráfico que es en sí mismo el esqueleto de su obra y la razón de ser, de modo que no nos interesa tanto el argumento como los ambientes plasmados (esas calles apuntaladas y en ruinas) o el fabuloso empleo del color, tan expresivo e irreal, o esa manera tan única de componer tanto la viñeta como la página, diseño acumulativo de detalles que conforman un paisaje peculiar.

Diríamos que en sus dibujos la perspectiva y el modelo natural se someten a la mirada del autor, capaz de elaborar sus propias leyes de representación de un modo innato y necesario para sus fines (del mismo modo que los relieves románicos construyen sus propias leyes de representación no naturalistas para alcanzar su verdadero propósito, para entendernos).

Por otro lado, hay que reconocer que la obra no es redonda, ya que la lectura de sus pasajes más argumentales, por así decir, resulta menos absorbente que los momentos de despliegue onírico. Dicho de otro modo, el conjunto está claramente descompensado, y sus aproximaciones a la ortodoxia (el relato de la búsqueda, las escenas de acción, los momentos más genéricos) no están a la altura de la faceta más libre del libro. Con todo, Las lecturas de las Ruinas atrapa estéticamente, y esa estética termina siendo el mensaje. Es así que se explica cómo los momentos que más nos asombran de David B son aquellas páginas que simplemente olvidan las normas canónicas de la narrativa, páginas donde no se busca la elipsis entre viñetas si no la acumulación de contenidos por adicción, en una sucesión de "cuadros" que, sumados y conjuntados en la página, conforman ese mundo de ideas y sueños, visiones y deseos. Ahí reside la fuerza inigualada del francés, en plasmar un abstracto que describe la cabeza del autor antes que una trama común de buenos y malos en un entorno bélico narrada según los estereotipos de la historieta.

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